Armario en llamas
Armario en llamas
Artículo de Paloma G. López, Ikimorae
Cada verano repetimos el mismo escenario: bosques devorados por las llamas ocupan las portadas durante días. Los informativos muestran brigadas exhaustas, pueblos evacuados, animales calcinados y columnas de humo visibles desde cientos de kilómetros. Nos indignamos, hablamos del cambio climático y, cuando llegan las primeras lluvias, volvemos a la normalidad ¿o deberíamos decir que volvemos al consumo?
Existe una relación directa entre ambos fenómenos, aunque rara vez aparezcan juntos en una misma conversación.
Pero mientras que un bosque tarda décadas en regenerarse, la industria de la moda produce una nueva colección cada pocas semanas. Mientras un incendio libera en unas horas el carbono acumulado durante generaciones, miles de fábricas siguen funcionando día y noche para alimentar una demanda que ya no responde a ninguna necesidad humana, sino a una lógica financiera que parece incapaz de detenerse.
Los incendios no son únicamente consecuencia del aumento de las temperaturas o de la negligencia humana. Son también el resultado de un modelo económico que ha convertido la extracción ilimitada de recursos, el crecimiento permanente y el consumo acelerado en la medida del éxito donde la ropa es una de sus expresiones más visibles.
Moda y Clima
Durante años hemos aceptado como normal comprar prendas que apenas utilizamos, renovar continuamente el armario y convertir el vestir en un gesto impulsivo. Detrás de esa aparente libertad se esconde una maquinaria gigantesca que consume cantidades ingentes de energía, agua, materias primas, combustibles fósiles y transporte globalizado.
Una presión constante sobre los ecosistemas destinando millones de hectáreas al cultivo intensivo culpables de emisiones de carbono descontroladas que se unen a cadenas logísticas que recorren medio planeta. Residuos textiles que terminan quemándose o enterrándose o fibras sintéticas derivadas del petróleo que acaban en el océano y que nos acabamos comiendo. Y todo ello para sostener un modelo cuyo principal indicador de éxito sigue siendo vender más que el año anterior.
Naomi Klein ya advertía en Esto lo cambia todo que el cambio climático no constituye únicamente un problema ambiental, sino que es la consecuencia inevitable de un sistema económico basado en el crecimiento ilimitado sobre un planeta cuyos límites son, precisamente, limitados.
Y ya no es un tema únicamente de cambiar de tecnologías, hay que ir más allá, se trata de cambiar las reglas del juego.
Sin embargo, seguimos actuando como si bastara con fabricar camisetas de algodón orgánico mientras la producción mundial continúa creciendo sin freno.
Kate Fletcher lleva años insistiendo en esta idea desde una perspectiva incómoda para la propia industria. En Earth Logic plantea que la sostenibilidad no puede medirse únicamente por la eficiencia de cada prenda, sino por la relación que establecemos con el conjunto del sistema Tierra.
La pregunta entonces no es “¿cómo hacemos ropa más sostenible?” para convertirse en otra mucho más difícil: ¿Necesitamos producir tanta ropa?
El verdadero problema no es con qué material contruimos nuestra ropa sino el volumen.
Jason Hickel desarrolla esta reflexión con enorme claridad en Menos es más. Ninguna mejora tecnológica podrá compensar un modelo cuya única obligación consiste en crecer indefinidamente. Cuando cada avance en eficiencia termina utilizándose para producir todavía más, el impacto global continúa aumentando.
Paradoja de Jevons
La moda ilustra la paradoja de Jevons de manera casi perfecta. Consumimos menos recursos por producto, pero fabricamos tantos productos que el consumo total no deja de crecer. Nunca habíamos hablado tanto de circularidad, ni tantas colecciones “conscious”, “eco” o “responsables”. Y, sin embargo, nunca se había producido tanta ropa.
Mientras tanto, los incendios dejan de ser excepciones para convertirse en parte del paisaje estival.
Andreu Escrivà i Garcia recuerda en Este no es tu planeta que el cambio climático no pertenece al futuro: ya está aquí. Lo extraordinario se ha convertido en habitual y fenómenos que eran excepcionales empiezan a ser la normalidad.
Quizá por eso seguimos hablando de olas de calor, sequías o incendios como si fueran fenómenos independientes entre sí, cuando en realidad forman parte del mismo relato.
El relato de una economía que continúa exigiendo más extracción, más producción y más consumo.
Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿Dónde están las administraciones públicas? Y la respuesta resulta tan incómoda como evidente.
Los gobiernos intentan legislar, promover políticas climáticas, impulsar estrategias de economía circular o aprobar normativas ambientales cada vez más exigentes. Sin embargo, su capacidad de maniobra es extraordinariamente limitada frente al inmenso poder económico de las grandes corporaciones globales. Grandes estructuras capaces de influir sobre mercados financieros, medios de comunicación, procesos legislativos, estrategias educativas, sistemas de consumo e incluso sobre el propio imaginario colectivo. Un poder que no siempre necesita enfrentarse directamente a las políticas públicas, les basta con ralentizarlas, diluirlas o condicionarlas. Convertir cualquier transformación profunda en una sucesión interminable de pequeños avances incapaces de alterar el modelo de fondo.
Mientras discutimos si una etiqueta debe incluir más información ambiental o si una colección incorpora un porcentaje mayor de material reciclado, la producción mundial continúa aumentando año tras año.
Seguimos intentando apagar incendios con un vaso de agua, no porque falten personas comprometidas dentro de las instituciones, sino porque la velocidad del deterioro es mucho mayor que la velocidad del cambio político.
No existe una transición ecológica posible si mantenemos intacta la lógica del hiperconsumo.
No existe economía circular capaz de absorber un volumen infinito de producción.
Los incendios no empiezan mucho antes de que aparezca la primera chispa.
Cuando aceptamos que crecer siempre es una buena noticia ya hemos empezado a arder, confundiendo acumulación con bienestar.
Cuando dejemos de ser capaces de imaginar otra forma de vivir sobre la Tierra, quizá, aquí sea el verdadero punto de no retorno. No el día en que el último bosque desaparezca.