Quo Vadis?
Quo Vadis?
Moda, sostenibilidad y el espejismo del progreso verde
Podemos vestirnos como queramos. Podemos decir que la moda está cambiando, que avanzamos hacia un futuro circular, que reciclamos, compensamos y reducimos. Pero la realidad —esa que no cabe en los hashtags ni en los informes de responsabilidad social— es que los datos son escandalosamente malos. No vamos bien.
El sector textil y de la moda, que tantas veces se presenta como símbolo de creatividad, innovación y modernidad, se ha convertido también en una metáfora de nuestra contradicción más profunda: decimos cuestionar el sistema neoliberal mientras seguimos funcionando dentro de él, alimentando su lógica de mercado y crecimiento sin límites bajo la fachada de la sostenibilidad.
Una industria que se viste de verde pero sigue creciendo en gris
Las cifras no mienten.
- El sector de la moda genera entre el 8 % y el 10 % de las emisiones globales de CO₂, más que los vuelos internacionales y el transporte marítimo combinados.
- Cada año se producen más de 100.000 millones de prendas, el doble que hace dos décadas.
- El 85 % de esas prendas termina en vertederos o incineradas.
- Y el uso de poliéster —una fibra derivada del petróleo— sigue aumentando sin freno.
El resultado: la industria textil no está reduciendo su huella de carbono. Al contrario, sigue creciendo. En 2023 las emisiones aumentaron un 7,5 %, alcanzando las 944 millones de toneladas métricas de CO₂.
Mientras hablamos de moda sostenible, producimos más que nunca. Mientras reciclamos una camiseta, lanzamos veinte nuevas colecciones. Mientras firmamos compromisos de cero emisiones, abrimos nuevas líneas de fast fashion online.
Sostenibilidad instrumentalizada
La sostenibilidad, en el discurso dominante, se ha convertido en un instrumento de marketing. No en un cambio de paradigma. Marcas que antes basaban su éxito en la velocidad ahora lo hacen en la responsabilidad, pero el fondo es el mismo: mantener el consumo, vender más, generar deseo.
El “greenwashing” no siempre es una mentira directa; a veces es una verdad parcial. Sí, hay algodón orgánico, hay programas de reciclaje, hay transparencia en las cadenas de suministro… pero todo eso opera dentro del mismo marco económico que exige crecimiento perpetuo.
El resultado es una sostenibilidad decorativa: un barniz verde sobre un modelo lineal.
Y aquí radica la paradoja: instrumentalizamos la sostenibilidad dentro del mismo sistema neoliberal que decimos cuestionar. Se convierte en un nuevo lenguaje de legitimación, una forma de hacer que el consumo parezca conciencia.
El tiempo climático se agota
Mientras el sector se felicita por sus “roadmaps” de sostenibilidad, el calentamiento global se acerca a su punto de no retorno. La moda es una de las industrias más intensivas en recursos naturales:
- Consume unos 93 mil millones de metros cúbicos de agua al año.
- Libera cada temporada medio millón de toneladas de microfibras plásticas a los océanos.
- Y mantiene una estructura de producción que depende de combustibles fósiles, explotación laboral y transporte globalizado.
La ecuación no cierra: no hay manera de sostener un modelo basado en producir más, más barato y más rápido dentro de los límites físicos del planeta.
El espejismo de la responsabilidad
Nos repetimos el mantra: “el consumidor tiene el poder”. Pero no se trata solo de decisiones individuales. La raíz del problema es sistémica. Cuando una camiseta cuesta menos que un café, no estamos pagando el precio real, solo lo desplazamos: a los trabajadores, al agua, al suelo, al aire.
Y aun así, la industria insiste en la narrativa del “empoderamiento del consumidor responsable”. Nos hace sentir culpables por no reciclar mientras sigue produciendo al mismo ritmo. Es un espejismo moral: la culpa verde como estrategia de mercado.
¿Qué haría falta para cambiar de rumbo?
El punto no es “vestir mejor” sino producir y consumir menos. Algunas medidas reales, estructurales, no cosméticas:
- Reducir la producción total. No basta con hacerla más eficiente; hay que hacer menos ropa.
- Aumentar la durabilidad. Fomentar prendas reparables, de calidad, atemporales.
- Transparencia total. No promesas vagas: datos verificables sobre emisiones, condiciones laborales, materiales.
- Regulación fuerte. Que el precio refleje el costo ambiental y social.
- Repensar el modelo económico. Pasar del “crecer siempre” al “sostener lo suficiente”.
- Educación del consumidor. No para “comprar verde”, sino para consumir conscientemente.
Quo Vadis, moda?
La pregunta del título —¿hacia dónde vamos?— no es retórica. Es urgente. Seguimos avanzando en una dirección que conocemos bien: crecimiento, acumulación, deseo inmediato. Pero el camino, aunque reluciente, conduce a un precipicio climático.
Podemos seguir vistiéndonos de verde, pero si el sistema no cambia, la sostenibilidad será solo otro accesorio más. El verdadero desafío no es reinventar la estética de la moda, sino redefinir su ética.
Porque vestir no debería ser un acto de destrucción disfrazado de estilo.
Paloma G. López
Presidenta SIC MODA Asociación Española para la Sostenibilidad, la Innovación y la Circularidad en Moda